martes, 19 de julio de 2016

Capítulo 48

Suena mi móvil en la oscuridad. Me levanto rápido a la vez que tanteo entre los cuerpos de las chicas que duermen como pueden por la habitación hasta que consigo alcanzar el escritorio y poder descolgar antes de que despierte a alguien.

- ¿Quién es? – pregunto somnolienta en voz baja.

- Emma... ¿te he despertado? – suena la voz de Leo. Me aparto el móvil con sorpresa. Primero porque era la última persona de la que esperaba una llamada y segundo para comprobar la hora. Cuando veo que éste marca las seis y media siento cierto ataque homicida dentro de mí.

- ¿Tú qué crees? – pregunto irónica.

- Lo siento...es que... tuvimos una despedida un tanto...fría el otro día y....bueno, me gustaría verte, pero, quería darte un poco de tiempo para...asimilarlo todo.

- ¿Y tienes que preguntármelo a estas horas? – pregunto con cierto enfado. Agradezco que me dé espacio, pero preferiría tener esta conversación a una hora en la que mis ojos no estuvieran pegados por las legañas.

- Veo que no tienes buen despertar – intenta darle un poco de humor a la conversación.

- Ding, ding, ding, premio para el señorito – ironizo mientras salgo de la habitación y voy hasta la de África para tener más intimidad y no despertar a nadie. - ¿Qué quieres? – pregunto nada más sentarme en la cama.

- Verte – responde sin preámbulos.

- ¿Ahora? - ¿No hablará en serio?

- ¿Tu qué crees?

- No creo que sea...

- No me rechaces – me interrumpe. - ¿Cómo puedo compensar mis errores si no dejas de huir de mí o rechazarme? – pregunta con la voz cargada de angustia. Mi yo interno, por mucho que quiera negarlo, sabe que tiene razón. Por mucho que me pese, esta batalla la tengo perdida...Suelto un largo suspiro antes de atreverme a contestar.

- Si te dijera que sí, ¿a dónde iríamos?

- Te invitaría a desayunar a donde quisieras.

- Leo no pienso ir contigo a menos de que me especifiques el lugar – digo en tono duro. No voy a arriesgarme a terminar en Dios sabe donde con él intentando meterme mano otra vez.

- ¿Te parece bien el "Petit café"? Es la cafetería donde te llevé el día que fuimos a la radio de mi padre....¿te acuerdas?

- Sí. Nos vemos en la puerta en media hora.

- ¿No quieres que te recoja?

- He dicho que nos vemos allí en media hora – respondo antes de que me arrepienta y cambie de opinión. Mucho antes de esperar respuesta alguna, cuelgo el teléfono y me voy a mi habitación.

****

Tal y como acordamos, media hora después me encuentro frente al "Petit Café". Para no despertar a las chicas, me he vestido a tientas y he cogido unos jeans desgastados, un jersey gris y mis converse negras. Encima llevo un chaquetón para protegerme del frío de la mañana. Me he dejado el pelo suelto y ligeramente alborotado, además de darme una ligera capa de rímel. No pienso arreglarme tanto para un simple desayuno. Aunque claro, el rímel sobraba. Le he dado la oportunidad, pero eso no quiere decir que vaya a ser blanda con él. Leo aparece a los pocos minutos, vestido con su clásica sudadera azul marino y jeans ajustados.

- Buenos días – saludo en cuanto está a mi altura.

- Hola Emma – responde ligeramente nervioso. Se acerca y me da un beso breve en la mejilla. Al principio pensé en separarme, pero para evitar hacer más incómoda la situación, he aceptado el breve contacto. - ¿Entramos?

- ¿Tu qué crees?

- Emma hoy te has levantado demasiado irónica para mi gusto.

- No haberme despertado y seguiría de buen humor – respondo tranquila.

- ¿O sea que soy yo quien te ha puesto de mal humor?

- ¿Despertándome un domingo tan temprano? Sí – en mi interior se disparan las alarmas. Emma, ¿Qué diablos estás haciendo? Se supone que esto es para arreglarlo, no para empeorarlo. Pero no puedo evitar el sarcasmo sin tener una taza de café en mi sistema. Leo me observa con el ceño fruncido y cuando está a punto de soltar alguna fresca, se detiene, respira hondo y se serena.

- Emma, no hemos venido aquí para discutir, ¿podríamos simplemente entrar y desayunar?

- Sí – asiento y entramos en el café.

- Buenos días – saluda Nico como la otra vez. ¿Cómo es posible que esté de buen humor siendo tan temprano?

- Gracias por abrir antes – le oigo decir a Leo.

- No es nada, de por sí debo abrir temprano para dejarlo todo listo. La dueña odia no tenerlo todo perfecto – ríe ligeramente.

- Nos vamos arriba – le informa y subimos las escaleras hasta la mesa junto al ventanal.

- ¿Le pediste que abriera antes? – pregunto nada más sentarnos.

- Sé que él suele venir antes, así que simplemente le pedí que si podía atendernos a esta hora – explica mientras se encoge de hombros. Inconscientemente evoco una sonrisa, aunque rápidamente la borro antes de que pueda verme. Por muchas idioteces que haga, no puedo evitar adorar estos pequeños detalles.

- ¿Qué vais a tomar? – pregunta Nico desde las escaleras.

- Un café bien cargado – respondo rápidamente.

- El mío con leche y una bandeja de churros – añade Leo.

- Oído cocina – dice antes de bajar las escaleras y hacer nuestro desayuno.

- ¿Cuántas veces quedaste con Colette cuando habías quedado conmigo? – pregunto tras un largo silencio.

- No creo que sea una buena conversación Emma....

- No, Leo. Quiero saberlo.

- No llevé la cuenta.

- Quiero una aproximación – exijo en tono duro. Sé que tengo carácter, pero es la primera vez que me muestro tan inflexible con alguien.

- ¿Dos de cada cuatro?

- ¿Preguntas o afirmas?

- Afirmo – dice en tono lúgubre. Bajo los ojos y pienso bien mi siguiente pregunta a pesar de que sé que voy a salir escaldada.

- Cuando quedabas con ella, ¿Qué hacíais exactamente?

- Hablar.

- ¿Solo hablar? – enarco una ceja.

- Colette me obligaba a quedar para ir a la casa de los estudiantes o a los bares que suelo frecuentar. Nunca quedábamos los dos solos. Siempre que quedaba con ella le exigía que nos encontráramos en un sitio público para que no hiciera ningún truco de los suyos.

- Como el beso de Nochevieja – añado.

- Como el beso de Nochevieja – repite con cierto pesar.

- ¿Solo os besasteis en Nochevieja o hubo otras veces más? – consigo preguntar sin vacilar.

- Hubo unas pocas más.... pero porque me pillaba distraído y me apartaba en seguida, lo juro – añade rápidamente. Algo en su mirada me hace saber que dice la verdad. Pero eso no hace que se aligere la presión que tengo en mi pecho. Se produce un largo silencio entre nosotros hasta que finalmente Nico viene con nuestro desayuno.

- ¡Que aproveche! – dice antes de irse y dejarnos nuevamente a solas. Cojo la taza de café y le doy un largo sorbo para que me despeje las ideas.

- Leo – lo llamo y este alza la vista. - ¿Pensaste en mí cuando la besabas?

- ¿Qué?

- Responde – por favor, necesito saberlo. Suplico en mi cabeza.

- Nunca dejaba de hacerlo mientras estaba con ella. Prefería estar contigo en vez de con Colette...sé que no me crees, pero es verdad. Solo quería irme contigo, pero no podía moverme ni un solo centímetro sin que ella dijera "se lo contaré todo" o jurando que te haría daño si la dejaba plantada.

- ¿Hacerme daño en qué aspecto?

- No estoy seguro, pero sé por experiencia propia que solo con las palabras puede destruirte. No quería que te hiciera eso....

- Mmmm – respondo antes de darle otro sorbo al café. - Si no has estado en la ciudad.... ¿dónde te has metido estás últimas semanas? – cambio de tema.

- Me fui a Francia.

- ¿Francia? – pregunto perpleja.

- Sí – sonríe ligeramente. – Quería volver al sitio donde fui realmente feliz y...poder pensar en la música de nuevo.

- ¿Has estado escribiendo?

- La verdad es que sí. Tengo algunas canciones nuevas que, aunque no estén en la maqueta, podrían valer para improvisar en algunos bolos o conciertos futuros – me cuenta más animado.

Y así, aún creyendo a primeras que este desayuno iba a ser un espanto, resultó ser, de alguna manera, menos tenso una vez que dejamos el rencor a un lado. No participé mucho en la conversación, más bien me limité a escuchar anécdotas de cómo trató de superar nuestra ruptura en la ciudad del amor. Tras el desayuno, Leo me acompaña a casa y a pesar de los muchos silencios, hemos conseguido sobrellevar la situación.

- Ya estamos – digo señalando mi casa.

- Emma, ¿lo has... pasado bien?

- Supongo... - me encojo de hombros.

- ¿Podría recogerte mañana y quedar otra vez?

- Leo yo....

- ¡Deja que lo haga! – insiste. – Te llevaré a algún sitio bonito para comer.

- Leo estoy harta de que te gastes el dinero y me lleves siempre a comer de un sitio a otro. Podemos simplemente quedar o pasear sin que tengas que mantenerme – estallo sin motivo. Pero en el fondo siempre quise decirle eso.

- ¿Prefieres ir a mi casa y que te prepare algo de comer? – pregunta de pronto.

- ¿Qué? – pregunto atónita. Me esperaba de todo menos esa respuesta.

- El viernes te llevé a casa y apenas pasaste tiempo en ella, salvo el rato que dormiste y cuando te.... – se detiene dejando la frase en el aire. Creo que la palabra que iba a usar iba a ser demasiado violenta para la situación.

- Entiendo... pues.... vale... - acepto. No me hace mucha gracia la situación dada mi primera visita, pero a unas malas, siempre puedo correr a casa de Naim.

- Vale.... ¿sería mucho abusar el vernos esta tarde?

- Sí – asiento. Todavía me cuesta pasar tiempo con él sin sentirme traicionada. Puede que ese sea el motivo por el que me siento un tanto reticente o esquiva al hablar o mantener contacto. El otro día fue una excepción debido a la tormenta de sentimientos encontrados producido por nuestro encuentro después de tanto tiempo.

- Lo entiendo – suspira y se pasa la mano por el pelo para revolvérselo ligeramente. – Nos vemos mañana entonces.

- Sí – vuelvo a asentir, como si mis movimientos estuvieran motorizados. Leo se acerca para besar mi mejilla, pero, al contrario que esta mañana, me alejo. – Lo siento Leo – me disculpo antes de salir corriendo y entrar en casa. Una vez dentro, voy lo más sigilosa que puedo hasta mi habitación. Para mi sorpresa, todas están despiertas.

- Mirad quién vuelve a la escena del crimen – rompe Martina el silencio.

- Emma, ¿Dónde te has metido? – África está muy seria y siento cierto miedo.

- Leo me llamó... - me muerdo el labio culpable.

- ¿Qué has hecho que? – Daniela me observa con cara de haber perdido el norte.

- Emm, ya hablamos de esto anoche – la mirada reprobatoria de África no mejoró la situación.

- ¿Por qué te llamo? – interrumpe Ivana para dejar que pueda explicarme.

- Quería que fuéramos a desayunar juntos. Estaba a punto de rechazarle cuando me dijo que si siempre le rechazaba nunca le daría la oportunidad de redimirse – agacho la cabeza.

- Tiene su punto de razón.

- Ivana, ¿de parte de quién estás?

- Del amor, Martina – responde con convicción.

- No habrá amor si Leo sigue en su vida.

- Dani no seas así – tercia Ivana. – Le conoces mejor que nosotras, sabes cómo es.

- Tú misma acabas de decirlo, lo conozco mejor que vosotros y por eso mismo no me fio Ivana. Fue un buen chico, pero Francia le convirtió en lo que es hoy.

- Dime que al menos supiste mantener las distancias – suplica África.

- Solo me besó una vez en la mejilla cuando nos encontramos en la cafetería. Al despedirnos me he apartado y he...entrado corriendo a casa. –Prefiero ahorrarme el comentario de que he quedado con él mañana para comer... y encima, en su casa.

- Por ahí te vas a librar – Afri me señala con el dedo a modo de aviso.

- Vale, vale – levanto las manos en señal de paz.

Después de regañarme, bajamos a la cocina donde las chicas desayunaron. Martina fue la primera en irse porque tenía su partido de voley. Después se fue Dani al recibir una llamada de su hermano, y solo nos quedamos Ivana y yo. África se fue con mamá a dar una vuelta.

- Emma, me voy – anuncia Ivana después de vestirse.

- Puedes quedarte un rato más, Iv. ¿Has mirado la nueva tira del periódico? El borrador está en mi portátil.

- Sí, ya lo he visto. Me he enviado una copia. Además, quiero añadir un tema que investigué recientemente – dice mientras se termina de recoger el pelo en un moño desordenado. – Me gustaría pero debo irme, sino Sam se enfadará porque le tocará quedarse con las pequeñas.

- Como quieras – respondo y la acompaño a la puerta.

-Emm – se gira. – Perdona si estoy muy pesada con el tema de Leo – dice de pronto. – Sé que te confundimos y que parece que le defiendo, pero si lo hago es porque a pesar de lo malo, eráis muy felices los dos juntos. Quizá con el tiempo puedas perdonarle...
- Ivana – cojo sus manos. – Gracias por preocuparte por nosotros. Sé que tienes razón, éramos muy felices, pero esos momentos no pueden borrar todo lo malo. Cuesta mucho olvidar que ante todo, él siempre querrá a Colette.

- No creo que sea así.

- Sí lo es Ivana, siempre será así – suspiro.

- Cuando menos te lo esperes tendrás tu final feliz. Ya sea con Leo o con otra persona – me asegura. – Solo debes esperar.

- Esperar es duro.

- Lo sé – se acerca y me abraza. – Te llamaré en cuanto termine la tira.

- Vale – asiento y nos despedimos.

La tarde del domingo pasa mucho más rápida de lo que me esperaba. África se quedó para comer y Fran se pasó también, aunque poco después me subí a mi habitación para poder estudiar y seguir con mis deberes. Al principio me costó concentrarme. Tenía la cabeza llena de dudas con respecto a Leo y a todo lo que me han dicho las chicas y África. La opinión de Alex es más que obvia, así que no tengo por qué preguntarle. Hablamos un poco por mensajes, sobre todo chorradas que me hicieron reír sin ahondar en ningún tema en concreto. También llamé a Naim para charlar un rato, pero en seguida me saltó en contestador.

- Llámame cuando puedas – digo tras la cuarta vez que me salta el contestador. Suspiro y dejo el teléfono a un lado. ¿Estará muy ocupado?

****

Lunes. Otro comienzo de la semana. Anoche pasé gran parte de ella dando vueltas por la habitación sin poder conciliar el sueño. Me sentía realmente inquieta. ¿Ha sido buena idea aceptar? Lo dudo mucho. No le he contado a nadie mis planes de esta tarde, salvo a mamá, pero a ella ha sido más bien una mentira piadosa relacionada con que iba a comer con Naim.....Naim sigue sin cogerme el teléfono. Él sabría qué hacer, pero seguramente estará muy ocupado. O quizá su móvil se ha estropeado. Intento llamarlo de nuevo mientras juego con el colgante que me regaló entre mis dedos.

- El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura. Deje un mensaje... - click. Cuelgo.

- ¡Maldito contestador!

- ¿Qué dices Emm? – pregunta Martina fuera del baño.

- Eh, nada, ya salgo. Me guardo el móvil en mi short negro y salgo del baño. Esta mañana he revuelto todo el armario hasta poder elegir qué ponerme. Mi opción final ha sido este short negro, un jersey gris, unas medias de color carne y unas botas negras que me llegan casi a las rodillas. Hoy hace especialmente frío, por lo que he añadido una bufanda gris y un gorro negro a mi conjunto.

-¿Por qué has tardado tanto? Ya casi va a empezar la última clase.

- Pensé que me había bajado la regla – me excuso.

- Agh, no me hables, yo estuve con ella en el partido de ayer.

- Oh, es verdad – recuerdo. - ¿Qué tal el partido?

- ¡Ganamos! – exclama feliz. – Antes hablé con Alex del partido, ¿desde cuándo le gusta el voley?

- Ni idea – me encojo de hombros.

- Vamos a clase.

Ésta última termina más rápido de lo deseado. Con los nervios a flor de piel, cojo el móvil y releo por decimo cuarta vez el mensaje que Leo me envió en la hora del recreo. "Te estaré esperando al final de la calle para evitar encuentros indeseados. Ya sabes cuál es mi coche". Vuelvo a guardar el móvil y tras una escusa bastante pobre hasta para mí, me deshago de todos y me voy en busca de Leo. No me resulta muy difícil encontrar su coche. Armándome de valor, trago saliva y abro la puerta del copiloto.

- Hola –saludo mientras tomo asiento y cierro la puerta.

- Hola preciosa – me dedica una sonrisa suave. Su coche huele tal y como lo recordaba, ligeramente a cuero y a lavanda. Entrelazando mis dedos en mi regazo, observo a Leo de reojo. – Emm, tranquilízate, no voy a comerte.

- Lo sé.... ¿Jason Derulo? – pregunto a la vez que señalo la radio.

- The other side...

- Eso pensaba...

- Emm yo...- suspira y se revuelve el pelo. – Te llevaré a mi casa. - Sin volver a decir una sola palabra, pone rumbo a su apartamento con el único sonido de la radio que amortigua esta insoportable tensión. Es tal que casi podría cortarla con un cuchillo. Sin embargo, no me atrevo a decir nada sin quizá echarme a llorar. ¿Por qué? Simplemente porque me aterra estar a su lado y volver a perder el control. Quiero creer que le quiero lo suficiente como para que podamos superar este gran bache, pero a la vez tengo un miedo irracional a que vuelvan a repetirse las mismas malas experiencias....

En cuanto Leo aparca el coche en la cochera, entramos al pasillo que da rumbo a los pisos y subimos por el ascensor sin romper el silencio. Solo el sonido del ascensor al abrirse las puertas nos hace reaccionar. Salimos de este y vamos hasta su puerta, Leo está metiendo la llave en la cerradura cuando se detiene y se gira.

- Emma, sé que soy un capullo integral además de un cerdo – suelta de pronto. – Pero por favor, háblame – me pide con voz rota. – No soporto estar como esta casi media hora de silencio. Antes en nuestros silencios no necesitábamos nada, se estaba bien... Ahora sin embargo son silencios sordos que me destrozan porque ya no te comportas conmigo como siempre – posa sus manos en mis hombros, obligándome así a tomar contacto visual con él. - ¿Cuánto tiempo vas a estar sin hablarme?

- No pretendía hacerte sentir así – digo sin saber cómo explicarme mejor.

- Sé que no es tu intención – sonríe derrotado. – No puedo pedirte que seas la Emma de hace un mes cuando yo intento dejar de ser el Leo que era antes. Pero esto es peor que cualquier castigo.

- Leo no busco castigarte pero también debes entender que me sienta....cohibida – consigo decir. – Nunca antes me quisiste traer a tu casa o cocinar para mí y... saber lo que me has ocultado este tiempo atrás...

- Lo entiendo, soy un idiota – se lleva la mano a la cara, como si estuviera realmente agotado. – No voy a presionarte – dice girándose y abriendo la puerta. – Pasa – me invita.

- Con permiso – digo entrando en el piso. Ahora que entro, como debería de haber entrado la primera vez, puedo ver que su piso es igual o incluso un poco más grande que el de Naim. La casa juega con importantes tonos de la paleta de los oscuros y blancos. Nos movemos por el pasillo hasta entrar en la cocina. Es bastante amplia y lo que más destaca en ella es el mármol usado para la encimera y una preciosa barra de desayuno. Además, del gran televisor de plasma situado frente a la barra. En medio vislumbro una isla plateada con los fuegos. La nevera es todo un monstruo de dos puertas de casi dos metros de grande justo al lado de las repisas en tonos negros.

- No sabía si querrías comer aquí o en el salón.

- Cualquier sitio es bueno, no te preocupes.

- ¿Segura? Podemos comer...

-Aquí – le interrumpo. – Me muero de hambre, además, así podremos limpiar antes – sonrío levemente. No quiero que toda la comida sea igual de angustiosa que el rato que hemos pasado en el coche.

- Genial – sonríe por primera vez. – Antes tenía un comedor – explica – pero lo quité para poder crear el estudio que viste el otro día.

- ¿Y eso? – pregunto a la vez que tomo asiento en la silla situada junto a la barra de desayuno.

- Vivo solo, y suelo comer lo que sea en la cocina cuando no como fuera. Y el estudio me hacía más falta aunque creo que, cómo pudiste comprobar, mi habitación tampoco es muy distinta.

- Estaba guay – intento alargar la conversación.

- Si con guay te refieres por sucia, lo acepto – reímos para sorpresa de ambos. – Ejem – carraspea. -Voy a poner la comida.

-¿Te ayudo? – pregunto levantándome de la silla.

- No es necesario, eres la invitada de honor. – A pesar de sus palabras, me levanto y me coloco a su lado.

- ¿Dónde están los cubiertos?

- Ahí – señala el primer cajón. Nos ponemos manos a la obra y en unos pocos minutos preparamos la mesa. Leo sirve la comida y me la planta delante.

-Ummm – inhalo con curiosidad. – Huele de escándalo.

- Pues espérate a probarlo – me guiña un ojo. – Ante ti se haya la única obra maestra de mi escaso menú como cocinero, la única e inigualable. La receta heredada por mi madre. Te presento "La lasaña de pollo" – anuncia como si fuera un presentador. Le observo primero a él y después al plato y suelto una pequeña risa. – Oh, vamos, no te rías, he hecho una gran presentación.

- No lo niego. Seguro que está buenísima – digo cogiendo el tenedor.

- Espera que quiero hacer un brindis.

- Oh, venga, tengo hambre – me quejo a la misma vez que mi estómago. Leo coge dos vasos llenos de refresco y me entrega uno.

– Sé que la última vez no te hizo gracia el vino, por lo que hagamos un brindis aunque sea con esto – sonríe con cierto nerviosismo.

- Vale – accedo y pongo la copa en alto. - ¿Por qué brindamos?

- Por las segundas oportunidades – dice más serio y trago saliva.

- P-Por las segundas op-p-portunidades - consigo decir a pesar de que me ha dado un vuelco el corazón. Darle una segunda oportunidad.... ¿Esto es otra oportunidad? Desee que lo nuestro hubiera tenido un final mejor, ahora podría tenerlo. Después de comer simplemente podría decirle a Leo que esta es nuestra despedida. Sería tan fácil decir eso y seguir con mi vida, pero hay algo que me impide hacerlo....todavía tengo sentimientos encontrados hacia él y, por mucho que lo intente, no puedo luchar con esa pequeña parte de mi que aún cree que lo nuestro puede funcionar...


Subimos por el ascensor sin romper el silencio...

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