domingo, 5 de junio de 2016

Capitulo 42

Ya son las cinco, y estoy lista para mi quedada con Naim. Me he arreglado un poco para la ocasión. Unos jeans negros ajustados bastantes modernos rasgados por las rodillas, unas zapatillas y un jersey gris con unas pequeñas rayas blancas. He cogido la mochila del insti y he metido el portátil y el archivador con todo lo que necesito para trabajar esta tarde.
Cuando llegué de clase tuve que hacer una nueva tanda de galletas ya que las que hice esta mañana eran para Alex. Naim no tardará mucho en venir, así que salgo de la habitación y bajo las escaleras para dirigirme a la cocina. Mamá está sentada en una silla que hay junto a la barra americana leyendo una revista y con una taza de café al lado.
- Hola mamá – saludo.
- Hola cariño – me devuelve el saludo levantando la vista. – He hecho café, ¿quieres?
- No debería, en breves me voy – dejo la mochila en el suelo y voy hasta la encimera donde dejé un tupper lleno de galletas.
- ¿A dónde vas? – pregunta antes de llevarse la taza de café a los labios. Mamá siempre ha sentido debilidad por el café, y creo que ella me pegó esa costumbre.
- He quedado para estudiar – me encojo de hombros y con el tupper en la mano me acerco hasta la mochila para intentar meterlo. – Tengo mucho que recuperar después de tantos días ausentes.
- Has quedado con ese Naim, ¿no?
- ¿Qué? – pregunto con los ojos de par en par. Mentir se me da fatal, así que solo rezo para que mamá sea compasiva y me deje quedar con él. – Bueno yo, quedar, lo que se dice quedar en el contexto de salir en plan cita no. Es solo una quedada de amigos, pero que no es una quedada romántica ni mucho menos, es solo que va a ayudarme con aquel proyecto que te dijimos ayer – balbuceo sin parar y me callo antes de seguir cavando mi propia tumba.
- Cariño no tienes que decirme nada, es tu vida y confío en tus decisiones – me sonríe.
- Solo somos amigos – suspiro agotada.
- Lástima, quería un yerno así de guapetón.
- ¡Mamá!
- Era broma, era broma – se ríe. – Emma, ve y estudia mucho. Confío en ti y por lo que vi, puedo fiarme de él.
- Gracias mamá – me acerco y le abrazo. Ella me devuelve el abrazo y de pronto me siento reconfortada. El momento se interrumpe al sonar el timbre. – Es Naim – le digo.
- Venga ve, no le hagas esperar – sonríe y me guiña un ojo.
- Hasta luego mamá – le doy un beso en la mejilla y cojo la mochila, me la llevo al hombro y corro hasta la entrada. Abro la puerta y veo a Naim sonreírme. Lleva su pelo perfectamente peinado, viste una camiseta negra de manga larga y unos jeans junto con sus botas.
- Hola Emma – saluda en cuanto le devuelvo la sonrisa y besa mi mejilla.
- Hola Naim, gracias por venir a recogerme.
- No hay de qué, ¿vamos?
- Sí – asiento y cierro la puerta. Salimos de casa y vamos hasta el coche, nos subimos y Naim pone rumbo a su casa. - ¿Puedo poner la radio? – le pregunto pasado un rato mientras nos encontramos parados en un semáforo.
- Claro, ¿qué sintonía quieres?
- No sé, las miro todas hasta encontrar alguna que me guste.
- Toda tuya entonces – me sonríe y coge mi mano. Un hormigueo me recorre toda la mano e intento no ponerme nerviosa. A veces Naim resulta ser tan.... no sé, es su esencia o algo, no sé cómo explicarlo. Me siento muy a gusto con él, pero a veces me siento abrumada. ¿Cómo un chico tan atractivo como él puede querer pasar tiempo conmigo? Coloca mi mano encima del panel de la radio y me explica cómo funciona aunque me cuesta un poco escucharle, pues todavía me siento aturdida con su contacto.
- ¿Lo has entendido? – pregunta en cuanto se pone el semáforo en verde y tiene que soltar mi mano para volver a conducir.
- Perfectamente – digo a pesar de no haberle prestado atención. Presiono el botón que me ha dicho al principio y observo los botones para hacerme una idea de cuál es el que cambia de sintonía. Consigo encontrarlo rápidamente y dejo que una a una suene unos segundos hasta decidir si la dejo o no. Después de pasar un par de sintonías, dejo una donde suena la nueva de Meghan Trainor con Marvin Gaye.
Dejo esa sintonía mientras me quedo observando a través de la ventanilla. Hoy el cielo está ligeramente oscuro, pero mucho más claro que ayer, casi como si fuera a salir el sol en cualquier momento. Quien lo diría después del chaparrón que cayó ayer. Naim y yo viajamos en un cómodo silencio que solo es interrumpido por la música y mientras él conduce tranquilo, yo observo las distintas calles por las que pasamos. Cómo los edificios pasan rápido por mi ventanilla y dan paso al siguiente edificio y cómo la gente continúa en su monotonía, paseando por las calles ajenas a que alguien como yo las esté observando mientras me pregunto cuál será la historia de cada una de ellas. Naim detiene el coche justo donde lo tenía aparcado ayer cuando me llevó a casa y salimos a la calle. Corre algo de fresco, así que mientras cojo la mochila y me la llevo al hombro, intento meter mis manos todo lo que puedo dentro de mi jersey. Naim me hace una señal y le sigo, entrando dentro del edificio y subiéndonos al ascensor. En la segunda planta entra un chico que no será ni tres años mayor que yo, entra y saluda a Naim.
- Hey Naim, ¿Qué te cuentas? – saluda en chico. Es casi tan alto como Naim, lleva una gorra hacia atrás que tapa una cabellera negra. Viste con un chándal de Adidas y tiene un balón de futbol bajo el brazo.
- Hola Óscar – saluda amablemente. – No mucho, he terminado de currar pronto y he quedado con una amiga - se hace a un lado y me deja al descubierto. Noto cómo me clava la mirada y en un momento saludo tímida. Le susurra algo a Naim y este se carcajea.
- Creo que no va a poder ser amigo – le dice mientras le pone la mano en el hombro. Se abre el ascensor y sale Óscar dejándonos a Naim y a mí solos en la quinta planta.
- ¿Qué te ha preguntado? – pregunto tras pasar unas cuantas plantas en silencio.
- Mmmm no sé si debería decírtelo – dice misterioso.
- Joo, yo quiero saberlo – hago pucheros.
- La curiosidad mató al gato – me chincha y justo se abre las puertas. Salimos del ascensor y entramos en su piso mientras intento sonsacarle qué le ha dicho el chico del ascensor.
- ¿Dónde nos ponemos? – pregunto para cambiar de tema.
- Tengo un estudio en la habitación donde guardo los documentos, pero podríamos ir mejor a la salita. Allí hay mucha luz y podemos estar en el sofá. Suelo trabajar allí cuando quiero estar cómodo.
- Tienes muchas zonas de trabajo.
- ¿Sí? – pregunta curioso. – Tal vez tengas razón – se ríe. - En casi todas las habitaciones tengo alguna mesa de trabajo o librerías. En las dos habitaciones, el salón y la salita.
- ¿En serio?
- Sí. No me gusta trabajar en el mismo sitio para no hacer de mi trabajo una rutina. Así que me encargué de tener espacio de trabajo en los sitios adecuados. En todos tengo libros, apuntes y demás, pero lo importante lo llevo siempre en el portátil.
- Nunca pensé que conocería a alguien más organizado que yo – digo sorprendida.
- En realidad no lo soy mucho. Ha sido mi trabajo el que me ha obligado a serlo.
- ¿Y dónde quieres ponerte?
- Mmmm – se lleva la mano derecha al mentón y piensa durante unos segundos. – Sigo pensando que la salita es la mejor opción ya que hoy está nublado. Además, ya estuviste ayer en el salón.
- Donde quieras, a mi me parece bien. – Ambos sonreímos y Naim me conduce hasta el salón, seguimos por el pasillo, dejamos el baño y la habitación de Naim, otra puerta que supongo que será la otra habitación y llegamos hasta la salita.
Me quedo boquiabierta en cuanto entro a la habitación. Es una sala pequeña, pero realmente acogedora. Naim ha sabido sacarle el máximo provecho. Tiene una alfombra en color tierra muy claro que ocupa gran parte de la habitación, con un gran sofá color crema en forma de “L” a conjunto con los cojines. Delante tiene una mesita en forma circular de color marrón más oscura. Pero eso no es lo importante, lo realmente impresionante es las maravillosa vistas que se presentan ante nosotros tras las grandes ventanas… o paredes… no estoy segura de qué debería decir, pero el caso es que es magnífico. Convertir las paredes en cristaleras hace de esta habitación un lugar mágico. Desde aquí las vistas son algo fuera de lo común. Toda la ciudad está a nuestros pies, los edificios parecen arrodillarse ante este enorme edificio que casi parece rozar el cielo. Es como si Naim tuviera toda la ciudad a su merced a través de esta habitación….
- ¿Te gusta? – pregunta a mi lado.
- Es alucinante – respondo casi sin aliento.
- La verdad es que suelo trabajar aquí los días que hace bueno. Días como hoy suelo quedarme en el salón como un ermitaño, pero no creo que te gustara esa idea.
- Esta habitación es genial – sigo observando la ciudad atónita.
- Emma estás embobada – se burla.
- Oh, cállate – le digo mientras le doy un codazo amistoso. - ¿Quién no se quedaría embobado ante este panorama? – señalo la vistas de la ciudad.
- Tienes razón – ríe ligeramente. - Si te soy sincero esto fue lo que más me gustó del piso. Aunque el resto tiene un estilo más clásico con las paredes de ladrillo. El anterior dueño modernizó algunas habitaciones como está o el salón.
- ¿Te mudaste hace poco? – pregunto mientras le sigo hasta el sofá.
- Pues ahora que lo dices…- se rasca la barba pensativo. – Creo que me mudé aquí hace cosa de unos….siete u ocho meses. No lo recuerdo bien.
- Tu habitación parecía bastante vacía – digo sin querer en voz alta y me tapo la boca rápidamente. Naim me observa confuso y seguro que piensa que soy una cotilla.
- ¿Mi habitación? Creo que te equivocas – se ríe. – La habitación donde fuiste ayer es la segunda habitación de este piso y por eso apenas está decorada. Mi habitación es la que está enfrente, aunque ahora que lo pienso tampoco tiene muchas cosas. Supongo que solo lo básico, no soy muy buen amo de casa – ambos reímos.
- Perdona por ser tan curiosa.
- Eso no es malo mujer – me sonríe y nos quedamos brevemente así, observándonos el uno al otro con una sonrisa. – Bueno – se levanta del sofá – voy a traer mi portátil, ponte cómoda – dice antes de salir de la habitación.
- Vale – digo lo suficientemente alto para que pueda oírme. Cojo la mochila y saco el portátil, el tupper con las galletas lo dejo ahí para después y mientras el portátil carga, saco el archivador, varios folios y láminas llenas de papeles que debo rellenar o poner al día. Me coloco en la esquina del sofá para poder contemplar la ciudad cada vez que levante la vista a la vez que me pongo a trabajar.
- Umm, veo que ya te has puesto manos a la obra – Naim me sorprende y me giro hasta donde ha surgido su voz. Entra a la habitación con un portátil y algunos archivadores bajo el brazo.
- Sí – asiento con una sonrisa. Naim me devuelve la sonrisa y se coloca en la otra esquina del sofá, de espaldas a la ciudad. - ¿Te importa si… pongo algo de música?
- En absoluto, si quieres puedo poner algo de mi lista de reproducción.
- Me gustaría saber qué tipo de música escuchas.
- Adelante con mis mejores temas – dice y enseguida se pone a buscar en su portátil. A los pocos segundos, una música nos envuelve y llena el ambiente con su melodía.
- Ummm, me gusta cómo suena – le digo al cabo de unos segundos.
- Sí, es la de “love yourself”.
- Me gusta mucho… - me quedo mirándole más tiempo del que debería y aparto la mirada rápidamente centrándome de nuevo en mí trabajo.
Naim y yo pasamos unas horas trabajando duro mientras escuchamos música e intercambiamos alguna que otra frase o pregunta sobre cómo nos va el trabajo. No me atrevo a sacarle mucha conversación ya que, mientras que lo mío es solo trabajo de instituto, lo suyo es su trabajo de verdad y no quiero molestarle. Naim pone todo tipo de música, pero casi toda tranquila para que no perturbe el momento de paz que hemos creado en esta maravillosa habitación. Es extraño, pero de alguna manera, me gusta trabajar así, y aunque independientemente cada uno hace sus propias obligaciones, hemos creado una coexistencia de trabajo impenetrable donde no desperdiciamos ni un solo segundo. Gracias a esta tarde con Naim he adelantado la gran mayoría del trabajo que tenía. Estoy segura de que estando sola en casa hubiera terminado distrayéndome o llamando a Alex o a las chicas para quedar. Los viernes me cuesta mucho concentrarme porque el fin de semana está al lado y termino convenciéndome de que lo puedo terminar antes del lunes. Sin embargo, aquí con Naim he sido capaz de concentrarme en el trabajo, aunque no negaré que a veces se me ha ido la vista hacia donde estaba él. Si supiera lo sexy que está cuando está trabajando…ufff esto no está bien. Termina de sonar “7years” de Lukas Graham cuando Naim me llama la atención.
- Emma, ¿cómo lo llevas?
- Genial, ya llevo más de la mitad adelantado, ¿y tú?
- Bien, aunque en mi caso no había mucho que adelantar – se ríe ligeramente. - ¿Quieres merendar? Son ya las siete pasadas.
-¿En serio es tan tarde? – pregunto sorprendida.
- Emma, ¿no te has dado cuenta de que encendí la luz hace un rato? Ya ha oscurecido y todo – me señala la cristalera que, efectivamente muestra un cielo oscuro sin estrellas bañado únicamente con las luces de la ciudad.
- Ahora entiendo por qué tenía tanta hambre. He traído las galletas – señalo la mochila.
- Podemos merendar aquí o en el salón.
- Donde quieras - me encojo de hombros.
- Sabes que no te mata que elijas hacer algo, ¿no?
- Es que es tu casa.
- ¿Y qué? Ya te he dicho que andes a tu gusto como si fuera la tuya propia.
- No soy de las que van por la vida como Pedro por su casa – contesto y le saco la lengua.
- Pues ven conmigo a la cocina y hacemos chocolate para las galletas.
- ¿Chocolate? – enarco una ceja.
- ¿No te gusta?
- Me encanta.
- Entonces, ¿Cuál es el problema?
- Ninguno, pero me apetecía un café.
- ¿Un café a estas horas? Luego no dormirás y me echarás la culpa a mí.
- Es posible – me río.
Cojo el tupper con las galletas y me voy con Naim por el pasillo hasta llegar a la cocina. Ésta es sencilla y muy bonita. La otra vez cuando vine a por la ropa apenas si pude prestarle atención, ahora, mientras Naim coge las tazas y prepara dos chocolates, puedo curiosear cada detalle. La pared tiene ladrillos, pero una mezcla de ladrillos blancos como las otras habitaciones y ladrillo básico. Nunca pensé que me resultara tan característico el ladrillo de pared como parte de un decorado desenfadado y postmoderno. A la derecha tiene una gran ventana que da a las grandes vistas de la ciudad y debajo tiene una pequeña planta que crece fuerte y sana. En el centro hay una gran mesa de madera con cinco sillas negras a su alrededor. Acabo de darme cuenta de que esta habitación juega mucho con la madera y tonos oscuros. También es cierto que, al contrario que las otras, esta habitación no transmite tanta luz.
- ¿Qué miras con tanta intensidad? – pregunta Naim sacándome de mis pensamientos.
- Esta habitación es más oscura que el resto de las que he visto.
- Ya, a mí tampoco me gusta, por eso suelo desayunar en el comedor que hay ahí – señala una zona a la izquierda. – Es pequeñita pero como tiene un gran ventanal suele haber mucha luz.
- ¿Podemos merendar allí?
- Por supuesto – suena el microondas.
- El chocolate está listo.
Naim me ofrece una taza y cuando coge la suya, nos vamos hasta el comedor. Como él dijo, es pequeñito, pero con mucho encanto. Sigue la estupenda pared de ladrillo, un enorme ventanal al que acompaña un saliente de ladrillos con varios cojines en tonos azules, dándome a entender que Naim suele colocarse ahí con frecuencia. Posee una encimera en blanco y, bajo dos enormes lámparas que cuelgan en el techo, se encuentra una mesa maciza de madera acompañada de cuatro sillas. De esta habitación, el detalle más destacado son las plantas que cuelgan en la pared que hay justo al lado del ventanal.
- Es preciosa – musito.
- Mi madre tuvo buen ojo.
- ¿Tu madre? – me giro buscando una explicación.
- Cuando me mudé apenas le dediqué tiempo a decorar la casa, así que fue mi madre con ayuda de una diseñadora que conoce decoraron el piso. A mí me parecía bien como estaba, pero ya sabes…
- ¿No irás a decir el tópico de “mujeres”? – pregunto enarcando una ceja.
- Esa era mi intención – se ríe.
- ¡Ya te vale! – intento darle un golpe pero me detengo antes de que se me derrame el chocolate.
- Siéntate anda que me vas a ensuciar el suelo.
- No voy a ensuciarlo.
- ¿Segura? – lo fulmino con la mirada y él me dedica una sonrisa que le derretiría el corazón a cualquiera. Nos sentamos en la mesa y coloco el tupper y la taza.
- Espero que te guste – destapo el tupper y dejo las galletas al descubierto. Naim las observa fijamente y después a mí con cara de escepticismo.
- ¿Estás segura de que están buenas? Tienen una forma un tanto…amorfa.
- ¡No es cierto! – exclamo ciertamente ofendida.
- Que sí, que sí. Mira esta – coge una y casi que me la planta en la cara. Vale, no están redondas del todo, pero tampoco hace falta decirlo.
- La forma no influye en el sabor – me cruzo de brazos.
- ¿Segura? A ver si me da una indigestión…. – estalla en carcajadas en cuanto me ve lanzarle cuchillos con la mirada. Estoy levantando el puño cuando él coge mi mano. – Era broma, no te enfades – me dice con voz dulce.
- No sé yo…- digo de morros. Entonces Naim entrelaza mis dedos con los suyos y se me dispara los nervios. ¿Qué hace? ¿Esto….esto, esto está bien? ¡No puede estar bien!
- Emma… - susurra reduciendo la distancia. ¿¡Por qué se acerca!? ¿¡Esto está bien!? Hace poco que rompí con Leo no puedo hacer esto….
- ¿Qué? – respondo con un pequeño hilo de voz. Trago saliva nerviosa cuando veo a Naim a escasos centímetros de mí. ¡Ay mamá! ¿¡Dónde acabo de meterme!?¿¡Qué pretenderá hacer!? 
Naim entrelaza mis dedos con los suyos y se me disparan los nervios


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